lunes, 9 de enero de 2012
“La piel que habito”. Origen: España-Francia (2011).
Dir.: Pedro Almodóvar. Guion: Pedro Almodóvar, basado en la novela “Tarántula”, de Thierry Jonquet.. Prod: Agustín Almodóvar y Esther García. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: José Salcedo. Música: Alberto Iglesias. Protags: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes, Eduard Fernández, Jan Cornet, Roberto Álamo, Blanca Suárez. Duración: 117 minutos.
Décimo octavo largometraje de Almodóvar, “La piel que habito” es uno de sus películas más negras. La trama es tan inusual y con pasajes inverosímiles como en tantos de sus filmes anteriores. Pero el humor –siempre presente en uno u otro momento de las cintas del cineasta manchego–, aquí prácticamente no aparece. Aparecen las tragedias propias del cine de Pedro y con ello el melodrama exacerbado debería estar servido. Y lo está, aunque Almodóvar trata con cierto distanciamiento y algo de frialdad su historia de amor, pese a que, quizás más que nunca en la filmografía del director español, ésta es imposible…
Hay una historia frankestiana en “La piel…”, que remite a la ciencia ficción, aspecto que Almodóvar se preocupa en pulir. Su Dr. Frankestein –de apellido Ledgard, encarnado por Antonio Banderas– es un médico cuya capacidad como científico queda al servicio de su propia enajenación, sus obsesiones, la necesidad de venganza y el deseo. Por supuesto, tratándose una obra de Almodóvar, la construcción de una nueva corporalidad humana da preponderancia a la cuestión sexual (en este caso, a la transexualidad).
Los personajes van destruyéndose unos a otros, casi sin piedad para ninguno de ellos. La pareja principal –a cargo de Banderas y Elena Anaya– lleva a cabo un juego peligroso, una relación enfermiza que conduce a la tragedia. Pues Ledgard se enamora de su conejillo de Indias, al que inicialmente manipuló y sometió por venganza. Esto es, Frankestein se enamora de su creación. Por momentos, uno advierte cierta solemnidad en la historia. Pero la impecable puesta en escena –con bellos encuadres, adecuados flashbacks que hacen retroceder y avanzar a la trama para orientar eficientemente al espectador, y eficaces actuaciones (particularmente, Marisa Paredes)– apuntalan a este buen film.
Quizás más que en el resto de la filmografía almodovariana, “La piel que habito” ofrece toda una serie de homenajes cinéfilos. Amén de la historia de Frankestein, tantas veces llevada a la pantalla, hay fuertes referencias a “Los ojos sin cara” (Georges Franju; 1960), una película muy singular. También a “El coleccionista” (William Wyler; 1965) y a Vértigo (Alfred Hitchcock; 1958). Todas ellas cintas inquietantes.
“Quiero matar a mi jefe” (“Horrible bosses”).
Origen: EE.UU. (2011). Dir.: Seth Gordon. Guion: Michael Markowitz, John Francis Daley y Jonathan Goldstein. Prod: Brett Ratner y Jay Stern. Fotografía: David Hennings. Montaje: Peter Teschner. Música: Christopher Lennertz. Protags: Jason Bateman, Charlie Day, Jason Sudeikis, Kevin Spacey, Colin Farrell, Jennifer Aniston, Jamie Foxx, Donal Shuterland, Ioan Gruffud. Duración: 98 minutos.
Tres amigos (Bateman, Day y Sudeikis) soportan las tropelías de sus respectivos jefes laborales (Spacey, Farrell y Aniston) y toman una decisión extrema. No es raro que los jefes sean difíciles de sobrellevar, pero éstos son execrables. Aún sí, ¿cómo justifica la trama tamaña resolución? Hay una escena clave para ello; otro personaje –desocupado–, se presenta en un bar en donde están los tres protagonistas y se ofrece a masturbarlos a cambio de algún dinero. ¿Un escenario posible para nuestros muchachos? En épocas de crisis económica, cualquier alternativa fuera de lo común –incluyendo al crimen– puede justificar el horror a un futuro de indignidad…
Hay allí una crítica social. En esencia, “Quiero matar a mi jefe” es una comedia negra, en el marco de la actual crisis económica. Los malos de la película son seres humanamente horribles –tal cual lo expresa el título original–; contexto en el que destaca la brillante interpretación de Kevin Spacey. Pero las tres víctimas no sólo distan de ser dechados de virtudes, sino que son mostrados como bastante torpes, algo tontos, imprevisibles y con defectos que la historia subraya una y otra vez. Así las cosas, la aventura que encaran está plagada de equívocos e inconvenientes.
La primera parte del film exhibe la maldad y las arbitrariedades del trío de empleadores, en un tono de incorrección política y de sátira a las relaciones de poder. Posteriormente, la historia enfatiza las desventuras y torpezas de los protagonistas. Abundan los gags divertidos, con varias escenas bien resueltas y otras no tanto, pero, en general, la trama funciona bien y entretiene. Como en otras comedias que últimamente ha producido Hollywood, el disparate y los excesos no escasean. Es de destacar una secuencia en donde un GPS parlante se roba el protagonismo.
Dentro de un nivel interpretativo más que aceptable, resalta Charlie Day, quizás el menos conocido en nuestro país de los tres actores principales. Su particular tono de voz, su expresivo rostro y el manejo corporal que despliega permite pensar que estamos frente a un excepcional comediante. Otro aspecto interesante de la película se marca al final, cuando queda claro que es muy poco posible cambiar las reglas de juego laborales. Por lo menos en el seno de la sociedad estadounidense.
“Vaquero”
Origen: Argentina (2011). Dir.: Juan Minujín. Guion: Facundo Agrelo y Juan Minujín. Prod: Sebastián Poce y Diego Dubcobsky. Fotografía: Lucio Bonelli. Montaje: Pablo Barbieri. Música: Diego Vainer. Dir. de arte: Sebastián Roses. Protags: Juan Minujin, Leonardo Sbaraglia, Daniel Fanego, Pilar Gamboa, Guillermo Arengo. Duración: 87 minutos.
“Vaquero” es el primer largometraje dirigido por Juan Minujín (Buenos Aires, 1975), intérprete de teatro y de cine. Film poco convencional en la actual factura argentina, narra las vicisitudes de Julián Lamar, un actor interpretado por el mismísimo Minujín, que debe pelárselas para trabajar en su profesión. Lamar es un antihéroe, un perdedor, pero es difícil hacer empatía con él, pues es pintado descarnadamente. Su inseguridad y su neurosis son tales que lo llevan a fracasar en los intentos de conducir a buen puerto su trabajo. Incluso, a solucionar su vacío afectivo; cuando tiene oportunidad de entablar una relación con una joven que se interesa por él, aparece lo peor de su personalidad y arruina todo.
Lamar es, por otra parte, el protagonista excluyente de este film. No sólo porque todas las cenas giran a su alrededor, sino, además, porque la visión del particular mundillo en que se desenvuelve es narrada a través de su voz en off, que exterioriza un pensamiento cargado de frustración y de una mirada ácida hacia el entorno. Los monólogos-pensamientos de Lamar son impíos; atacan a sus pares, pero también a sí mismo.
Para reflejar acertadamente la atmósfera de angustia existencial, Minujín recurre a una cámara “nerviosa”, en constante movimiento, con amplio dominio de los primeros planos. Todo ello logra trasladar al espectador una sensación de incomodidad compulsiva. La actuación de Juan Minujín es muy acertada; también destacan Daniel Fanego –en el rol del padre que vive menospreciando y ninguneando al atribulado Lamar– y Pilar Gamboa.
Por momentos, el recurso de la voz en off agobia a raíz de un texto demasiado recargado. Sin embargo, es una película que bien vale la pena verse. La propuesta es interesante, con un clima opresivo notablemente logrado. La construcción del personaje principal es original, particularmente en el buceo interior de una mente atormentada. Mente que cubre todos los espacios del film, pues, en definitiva, el entorno que se nos presenta no sabemos si es el real o apenas el que Lamar percibe…
“Habemus Papa” (“Habemus Papam”).
Origen: Italia-Francia (2011). Dir.: Nanni Moretti. Guion: Nanni Moretti, Francesco Piccolo y Federica Pontremoli. Prod: Nanni Moretti y Domenico Procacci. Fotografía: Alessandro Pesci. Montaje: Esmeralda Calabria. Música: Franco Piersanti. Protags: Michel Piccoli, Nanni Moretti, Margherita Buy, Jerzy Stuhr, Renato Scarpa. Duración: 104 minutos.
Quizás como en ninguna de sus películas anteriores, Nanni Moretti nos sorprende en el tratamiento del tema que ha querido a narrar. No es otro que el de la inesperada reacción de un cardenal, que acaba de ser elegido Papa. Quizás todos esperábamos un Moretti contestatario, corrosivo y crítico de las intrigas y juegos de poder que, muy probablemente, acompañan a las elecciones papales. Tampoco hay alusión a otros hechos escandalosos que han rodeado al Vaticano; la corrupción financiera, por ejemplo. El director italiano opta aquí por un tono de comedia, con varias escenas cómicas y delirantes.
Pero lo más interesante es que “Habemus Papa” admite más de una lectura. La comedia funciona, particularmente a partir de la naturaleza burda y casi bizarra de algunas situaciones (particularmente las que involucran el accionar colectivo de los cardenales literalmente encerrados en el Vaticano). Aunque conviene destacar un aspecto contrastante: el personaje de Melville que se niega a asumir su condición de papa electo, está construido desde la angustia existencial, la duda paralizante, el miedo escénico… y la comedia ni siquiera lo roza.
Además, varias cuestiones de la trama permiten apreciar que “Habemus Papa” no sólo es un film político, sino, además, subversivo. Lo cual reafirma el pensamiento militante de Moretti y su lucidez. Que casi todos los cardenales deseen no ser electos como papa, que prácticamente jamás los religiosos aludan a Dios –queda claro que el director plantea el conflicto como una cuestión esencialmente humana, casi despojada de cualquier tono místico–, que a partir de la huida del candidato electo el concilio se transforme en un espacio anárquico, etc., son instancias que apuntan contra el dogmatismo y la solemnidad del acontecimiento cumbre del Vaticano.
El inicio de la película muestra imágenes documentales del funeral… de Juan Pablo II. En una escena, Brummel –el menos distendido de los cardenales– se entera que no fue votado por nadie. ¿Nacionalidad de este personaje? Alemana. ¿Alusión a Ratzinger? El portavoz maneja un orden que controla las acciones de todos los que están dentro del pequeño estado. Una referencia a la burocracia. Pero, además, ese portavoz oficial es polaco. La misma nacionalidad del grupo que Karol Wojtyła llevó al Vaticano. Y que operó para la elección de Ratzinger…
Kevin Spacey (26 de julio de 1959; South Orange, New Jersey, EE.UU.).
Actor, director y productor cinematográfico. Estudió interpretación en New York y en 1981 debutó en teatro. Pronto fue convocado al cine; en donde durante varios años desempeñó papeles secundarios, hasta que causó una notable impresión en todo el mundo por sus excelentes interpretaciones en dos películas de 1995: “Pecados capitales” (David Fincher) y “Los sospechosos de siempre” (Bryan Singer). A partir de allí, es considerado uno de los actores norteamericanos más talentosos del cine contemporáneo.
La segunda mitad de la década de los ’90 fue la época más brillante en la carrera interpretativa de Spacey. A los filmes mencionados siguieron otros muy meritorios, como “Epidemia” (Wolfgang Petersen; 1995), “Buscando a Ricardo III” (Al Pacino; 1996), “Medianoche en el jardín del bien y del mal” (Clint Eastwood; 1997), “Los Ángeles al desnudo” (Curtis Hanson; 1997) y “Belleza americana” (Sam Mendes; 1999). En general, estas cintas permitieron que Kevin Spacey destacara componiendo a personajes complejos, no demasiado agradables. Es de lamentar que, con posterioridad, Spacey haya intervenido fundamentalmente en películas mediocre o malas, como “Cadena de favores” (Mimi Leder; 2000), “La vida de David Gale” (Alan Parker; 2003), “Superman regresa” (Bryan Singer; 2006) y “Hombres de mentes” (Grant Heslov; 2009). En algunas de ellas, incluso, ha realizado caracterizaciones no demasiado afortunadas, con un dejo de afectación innecesaria. Es un llamado de atención para un intérprete talentoso, que posee un estilo más próximo a los métodos académicos que a las composiciones más naturales de los actores clásicos del cine estadounidense. Ha ganado dos Oscars, como mejor actor de reparto por “Los sospechosos de siempre” y como mejor actor principal por “Belleza americana”. Además ha obtenido un buen número de nominaciones y galardones en otras premiaciones. Ha sido productor de algunos filmes (entre otros: “Red social”, 2010, David Fincher). Y ha dirigido dos películas: “Albino Alligator” (1997) y “Beyond the sea” (2004). En esta última, además, desempeñó el rol principal. Pese a su éxito en el cine, nunca dejó el teatro. Ha interpretado obras de Shakespeare, Ibsen, Molière, Chejov, O'Neill, Arthur Miller, etc. En 2003 fue nombrado director artístico del teatro Old Vic en Londres.
Es de lamentar que, con posterioridad, Spacey haya intervenido fundamentalmente en películas mediocre o malas, como “Cadena de favores” (Mimi Leder; 2000), “La vida de David Gale” (Alan Parker; 2003), “Superman regresa” (Bryan Singer; 2006) y “Hombres de mentes” (Grant Heslov; 2009). En algunas de ellas, incluso, ha realizado caracterizaciones no demasiado afortunadas, con un dejo de afectación innecesaria. Es un llamado de atención para un intérprete talentoso, que posee un estilo más próximo a los métodos académicos que a las composiciones más naturales de los actores clásicos del cine estadounidense.
Ha ganado dos Oscars, como mejor actor de reparto por “Los sospechosos de siempre” y como mejor actor principal por “Belleza americana”. Además ha obtenido un buen número de nominaciones y galardones en otras premiaciones. Ha sido productor de algunos filmes (entre otros: “Red social”, 2010, David Fincher). Y ha dirigido dos películas: “Albino Alligator” (1997) y “Beyond the sea” (2004). En esta última, además, desempeñó el rol principal. Pese a su éxito en el cine, nunca dejó el teatro. Ha interpretado obras de Shakespeare, Ibsen, Molière, Chejov, O'Neill, Arthur Miller, etc. En 2003 fue nombrado director artístico del teatro Old Vic en Londres.
“El extraño caso de Angélica” (“O estranho caso de Angélica”).
Origen: Portugal-España- Francia-Brasil (2010). Dir. y guion: Manoel de Oliveira. Prod: Jacques Arhex. Fotografía: Sabine Lancelin. Montaje: Valérie Loiseleux. Protags: Ricardo Trêpa, Pilar López de Ayala, Ana Maria Magalhães, Adelaide Teixeira, Filipe Vargas. Duración: 97 minutos.
Por la reacción del público dentro de la única sala en donde se estrenó, dudo que esta película permanezca mucho tiempo en Rosario. Quizás la gente se irrite por la acción minimalista. Vale destacar que fue realizada por Manoel de Oliveira, probablemente el director en actividad más anciano del panorama actual (102 años). Su primera vinculación con el cine (como actor) ocurrió en el período mudo. Aquí rescató un guion escrito hace unos 60 años, que la censura le impidió filmar. Es sorprendente la vitalidad de este hombre centenario y su amor por el séptimo arte.
“El extraño caso de Angélica” es un film atípico en la cartelera actual. Narrada con parsimonia, simpleza y hasta con deliberada elementalidad, la historia se ancla en una anécdota fantástica. Un fotógrafo profesional es convocado para tomar imágenes de una joven recién fallecida y descubre que la misma le sonríe. Claro, sólo él se percata de ello. La mujer muerta se le aparece reiteradamente, a través de escenas con efectos especiales casi rudimentarios, que remiten a los trucos primitivos de Georges Meliès (un homenaje al pionero francés, sin duda). Hay una temporalidad manifiestamente equívoca; la trama se desarrolla en el presente, con referencias a la actual crisis europea y a modos de trabajos agrícolas anticuados para la era de la maquinización. Al mismo tiempo, la costumbre de fotografiar a los muertos y la vestimenta del protagonista –Ricardo Trêpa, actor que es nieto de de Oliveira– son elementos anacrónicos.
En ese marco, aparecen características comunes del cine de Manoel de Oliveira: reiterados planos fijos (en ocasiones, además, profundos), maestría en el encuadre, acción escasa, personajes secundarios que filosofan y debaten con sencillez sobre cuestiones cotidianas, los paisajes del río Duero… Por lo demás, se prescinde de todo desarrollo psicológico de la aparente historia de amor. De Oliveira prefiere jugar con la tenue frontera entre la realidad y la fantasía. Pues, en rigor, más que un amor, el protagonista parece encontrar el ingreso a otra dimensión: la de los muertos.
No acuerdo con que “El extraño caso de Angélica” sea una gran película, mucho menos una obra maestra. Hay ciertos desniveles narrativos que, por momentos, provocan algún desinterés en la historia. El gran director portugués –cuya obra se conoce fragmentariamente en Argentina– ha realizado varios films más notables que éste (“La divina comedia”, “Viaje al principio del mundo”, “Belle toujours”, etc.). Sin embargo, merece verse. Particularmente, el espectador cinéfilo disfrutará del universo cinematográfico de un autor inclasificable, que no cesa de sorprendernos.
Stanley Kubrick (Nueva York, EE.UU., 26 de julio de 1928).
Con solo 13 largometrajes a lo largo de 46 años, este hombre ha quedado en la historia como uno de los cineastas norteamericanos más brillantes y reconocidos. Su cine ha suscitado diferentes reacciones, fundamentalmente entre los críticos; algunos le han alabado y otros denostado. Asimismo, algunas de sus películas generaron reacciones exaltadas por tocar temas controvertidos (el sexo, el militarismo, la violencia). De todas maneras, el conjunto de su obra destaca por una inusual calidad técnica y artística.
Nacido en el seno de un hogar de judíos no practicantes, se acercó al mundo de las imágenes a través de la fotografía, trabajando en la revista Look. A principios de los ’50 filmó tres cortometrajes. Con el apoyo económico de su familia y poco más de 20 años, realizó un primer film de larga duración: “Miedo y deseo”, que fue protagonizada por actores desconocidos y estrenada en 1953. Durante el resto de la década, Kubrick continuó filmando, cada vez con más presupuesto e intérpretes de prestigio. Merecen destacarse dos películas extraordinarias: “Casta de malditos” (1956) y “Patrulla infernal” (1957). Esta última dio lugar al reconocimiento masivo de Kubrick como cineasta meritorio.
Desde sus inicios, demostró que no le interesaba atenerse a las reglas de los estudios cinematográficos. El joven rebelde rodó luego una película inusual en su carrera: “Espartaco” (1960), con un elenco de estrellas. Posteriormente se trasladó a Londres para filmar “Lolita” (1962), de alto contenido erótico para la época. A partir de allí fijó residencia en el Reino Unido. Luego de “Dr. Insólito” (1964), realizó su film más recordado: “2001: Odisea del espacio” (1968), una obra maestra. En los ´70 dirigió otras dos cintas muy célebres “La naranja mecánica” (1971) y “Barry Lyndon” (1975). A partir de allí, su filmografía se espació cada vez más, con “El resplandor” (1980), “Nacido para matar” (1987) y “Ojos bien cerrados” (1999).
Kubrick fue un perfeccionista, capaz de reiterar una escena hasta la exasperación. Conservó para sí el control de todos los aspectos de la realización. Abarcó géneros diferentes, empleando distintas tecnologías, y trasladó a la pantalla conocidas obras literarias. Pese a ello pueden rastrearse ciertos elementos habituales en la trama de su obra: personajes sometidos a situaciones extremas, en ocasiones próximos a la locura, seres perdedores, distanciamiento afectivo, creciente violencia, desenlaces siempre alejados del happy end… Diferentes críticos le han achacado una marcada grandilocuencia, cierta frialdad y falta de compromiso emocional, carencia del sentido del ritmo cinematográfico, etc. Todo ello es bastante discutible.
Lo cierto es que este director ha filmado grandes películas, ha puesto su sello personal en el tratamiento de diversos temas y géneros, ha dirigido a sus actores con maestría y ha dejado para el patrimonio cinematográfico mundial varias escenas memorables. Entre estas últimas merecen recordarse a la del hombre mono lanzando un hueso hacia arriba y –en una admirable elipsis–, la imagen del objeto que se eleva trastocando en una nave espacial en “2001: Odisea del espacio”, a los 20 minutos finales de “Nacido para matar” y a la escena del baile entre Nicole Kidman y Skye Dumont en “Ojos bien cerrados”. Aún no estrenada esta última, Stanley Kubrick murió el 7 de marzo de 1999 en Hertforshire, Reino Unido.
Jean-Luc Godard (3 de diciembre de 1930; París, Francia)
Una de las personalidades más relevantes del Séptimo Arte, destaca por su carácter innovador y por ser un cineasta integral, pues no sólo ha dirigido películas, sino que también ha sido crítico, guionista, productor, actor y escritor cinematográfico. Artista complejo, vanguardista, provocador y militante, sus obras han resultado especies de collage de géneros dispares, pero, a la vez, las ficciones recreadas meditan en general sobre el propio cine, en ocasiones con un fuerte lirismo e imágenes poéticas. Por otra parte, pocos realizadores han tenido, como Jean-Luc Godard, un efecto tan profundo en el desarrollo del cine contemporáneo.
Vivió sus primeros años en Suiza y posteriormente en París. Durante su época de estudiante –se graduó en Etnología en La Sorbona– se gestó su cinefilia. En 1950 comenzó su labor como crítico en “La Gazette du Cinema” y dos años después pasó a colaborar en la mítica “Cahiers du Cinema”, ambas revistas especializadas en cine. Allí trabó relación con futuros realizadores, como François Truffaut, Éric Rohmer, Claude Chabrol y Jacques Rivette. Filmó un par de cortos y, en 1959, rodó su primer largometraje: “Sin aliento” (con guion de Truffaut). Este film impactó en todo el mundo; era un homenaje al cine negro norteamericano, pero con una serie de innovaciones narrativas, como filmar con cámara en mano o saltar de un plano a otro. Fue, además, uno de los primeros hitos del movimiento cinematográfico denominado Nouvelle Vague.
En plena juventud y con una personalidad enérgica y emprendedora, Godard continuó filmando asiduamente durante los ’60, generando algunas de sus más célebres películas. Entre otras: “Una mujer es una mujer” (1961), “El desprecio” (1963), “Banda aparte” (1964), “Alphaville” (1965), “Pierrot el loco” (1965), “Made in USA (1966)”, “Dos o tres cosas que yo sé de ellas” (1967) y “Week End (1967). Hacia fines de la década, el cine de este realizador se fue haciendo políticamente más radical. Godard apoyó activamente al movimiento estudiantil conocido como Mayo del 68. Adhirió al maoísmo y, entre 1968 y 1972, realizó 11 películas en colaboración con Jean-Pierre Gorin, de carácter político militante, al margen de los circuitos comerciales de distribución. En ese período, junto a otras personalidades de izquierda, creó el colectivo cinematográfico Dziga Vertov.
En 1972 realizó “Todo va bien” y el documental “Carta a Jane”, tras lo cual el grupo Dziga Vertov se disolvió definitivamente. El resto de esa década se dedicó fundamentalmente al video televisivo. Sus obras en este formato versaron sobre la comunicación, el trabajo, el amor, etc. Durante la década del 80, Godard retornó al cine comercial. Su película más célebre en esa etapa fue “Yo te saludo, María” (1985), por el escándalo que generó, aunque bastante más lograda resultaron “Sálvese quien pueda” (1980) y “Carmen, pasión y muerte” (1983). A finales de los ’80 comenzó a trabajar en uno de sus proyectos más ambiciosos “Histoire(s) du cinéma”, serie documental sobre su particular visión de la historia del cine, que el Canal Plus francés emitió en 2000.
Durante los ´90 y los 2000, amén de su dedicación a “Histoire(s) du cinéma”, Godard realizó varios cortos, algunas películas de metraje largo, como “Nouvelle vague” (1990), “Nuestra música” (2004) y “Film socialisme” (2010). Debe señalarse, asimismo, que Jean-Luc ha participado como actor en algunas de sus cintas y también en obras de otros directores, como “El signo de Leo” (Éric Rohmer; 1960), “Cléo de 5 a 7” (Agnès Varda; 1962), “Todavía estamos todos aquí” (1997) y “Después de la reconciliación” (2000); estas dos últimas de Anne-Marie Miéville, su última mujer. Varias de sus películas han obtenido galardones en festivales de prestigio (Berlín, Venecia). También logró premios por el conjunto de su carrera (Muestra de Venecia, 1982; Oscar honorífico, 2010).
A pesar de la importancia reconocida a Godard, hay un prejuicio dominante: sus grandes obras habrían sido las de los años '60, para estancarse luego su capacidad creativa. Ello es absolutamente discutible. Las películas de este gran maestro no han perdido su carácter experimentador, innovador, reflexivo sobre el cine y su tendencia a confrontar este fenómeno con otras artes. Filmes como “Sálvese quien pueda”, “Carmen, pasión y muerte” y la monumental “Histoire(s) du cinéma”, dan prueba de ello. Entre los cineastas que han reconocido recibir influencia de Godard pueden citarse a Bernardo Bertolucci, Martin Scorsese, Rainer W. Fassbinder, Wim Wenders, Richard Linklater, Jim Jarmusch y Quentin Tarantino.
“Medianeras”
Origen: Argentina-España-Alemania (2011). Dir. y guion: Gustavo Taretto. Prod: Natacha Cervi, Hernán Musaluppi, Christoph Friedel, Luis Miñarro y Luis Sartor. Fotografía: Leandro Martínez. Montaje: Pablo Mari y Rosario Suárez. Música: Gabriel Chwojnik. Dirección de arte: Luciana Quartaruolo y Romeo Fasce. Efectos Visuales: Mariano Santilli. Protags: Pilar López de Ayala, Javier Drolas, Carla Peterson, Adrián Navarro, Inés Efrón, Rafael Ferro, Alan Pauls, Jorge Lanata. Duración: 94 minutos.
























